Retiro, Ciudad de Buenos Aires
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En mayo del 2024 visité el Museo de la Inmigración ubicado cerca de la zona de Retiro y gestionado por el MUNTREF https://www.instagram.com/muntref/ (Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero) en lo que fue el Hotel de Inmigrantes que se inauguró en 1911.
El hotel fue creado como parte de una política estatal para organizar la recepción de la gran cantidad de inmigrantes que llegaron a la Argentina a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

El museo cuenta con archivos históricos digitalizados donde es posible consultar los registros de barcos junto con los nombres de los pasajeros que llegaron a Argentina en aquellos tiempos.
Antes de la existencia del Hotel de Inmigrantes, las personas que llegaban a la Argentina lo hacían directamente a los muelles del puerto. No había un sistema centralizado de recepción y las condiciones eran precarias y desordenadas.

En los pisos superiores del Museo de la Inmigración, luego de subir unos escalones gastados por el paso de miles de personas, se encuentra el Centro de Arte Contemporáneo (*). Es un espacio vivo, donde conviven fotografías, videos con testimonios, documentos y diversas exhibiciones artísticas. Entre ellas, destaca Entre los tiempos (**), una serie de vitrales creada por el artista Felipe “Yuyo” Noé, que captó mi atención por su colorido.

También hay una recreación de la cocina y de uno de los dormitorios donde los inmigrantes pasaban hasta cinco días, hasta encontrar un lugar donde vivir. Las fotografías de aquellos hombres y mujeres, solos o en familia, muestran rostros cansados, algunos abatidos, otros llenos de esperanza, siempre acompañados por valijas gastadas. Imágenes que conmueven y no me dejaron indiferente.




Me di cuenta que pasó más de un año desde aquella visita y cada vez que intenté escribir sobre el museo me resultó imposible. Es probable que esto haya sucedido por las emociones y pensamientos que me atravesaron mientras estuve de visita en el lugar y me acompañaron durante todo este tiempo.

Mientras recorría el museo una pregunta no dejaba de darme vueltas por la cabeza: ¿Qué habrá significado migrar para toda esa gente?
Y en lo particular ¿Qué habrá sentido mi abuelo Giuseppe Tullio al llegar a la Argentina en 1909 desde Recanati, Italia? ¿Cómo habrá sido su viaje desde Génova a Buenos Aires a bordo del Ravenna en tercera clase? ¿Qué razones lo llevaron a instalarse en Rojas en la provincia de Buenos Aires? ¿Cómo se habrá sentido cuando al llegar dejó de ser Giuseppe para transformarse en José?

¿Qué sueños habrá tenido cuando era chico? Aunque, a decir verdad, todavía lo era cuando se embarcó rumbo a Argentina con apenas 16 años. ¿Habrá sido ese viaje una decisión propia o una salida forzada por las duras circunstancias que se vivían en Europa? ¿Qué habrá llevado en su valija? ¿Dejó en Recanati algún amor, alguna promesa de regreso o quizás de reencuentro? ¿Se habrá imaginado que nunca volvería a Italia y que esa despedida de sus padres y hermanos sería para siempre? ¿Habrán intercambiado cartas? ¿Lloraría en silencio, en alguna noche a bordo, sin saber aún que en ese país lejano conocería a Zulema, su esposa, con quien tendría ocho hijos, el más chico mi papá? ¿Conocería El infinito, el poema de Giacomo Leopardi (***) y lo acompañaría mientras cruzaba el Atlántico pensando en Recanati?
Todas preguntas que por supuesto no tienen respuestas.



Hablar sobre migración es algo que me sensibiliza. Quizás porque más de cien años después del viaje de mi abuelo, el que hizo posible que yo existiera 🙂 también migré.
En mi caso, fue hacia Estados Unidos en circunstancias completamente distintas: no huía de una guerra ni del hambre, conocí a un hombre de otro lugar con quien hoy comparto mi vida, y fue una decisión compartida, elegida, acompañada por redes de apoyo, con formas de comunicación que acortan distancias y, sobre todo, por algo que agradezco mucho: la posibilidad de ir y volver.
Aún así, sobre todo al principio, no fue fácil. Aprender costumbres nuevas, adaptarme a otro idioma, hacerme nuevos amigos, extrañar a mis hijas, a mis amigas y amigos, el dulce de leche, el mate compartido, los «sanguches de miga» entre tantas otras cosas. Y cuando pienso en todo eso, me pregunto: ¿cómo habrá sido para él?

Hay muchas preguntas y pocas certezas. Pero sí sé que hay algo que me une a mi abuelo más allá del tiempo y de apenas haberlo conocido: ese impulso de moverse, de buscar algo más, de imaginar una vida distinta. Que en mi viaje él está presente, abriéndome camino, recordándome que es posible habitar otra tierra, echar raíces nuevas y seguir soñando. Gracias y más gracias.
Notas
(*) Centro Arte Contemporáneo: https://untref.edu.ar/muntref/es/centro-de-arte-contemporaneo/
Fundación Luis Felipe Noe: https://www.instagram.com/fundacionnoe/
(**) Entre los tiempos: Artista: Luis Felipe “Yuyo” Noé
Asistencia técnica en vitral: Maria Fernanda Perales
Asistencia en diseño de sitio específico: Cecilia Ivanchevich (Fundación Noé)
(***) Giacomo Lopardi
L’infinito
Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quiete
io nel pensier mi fingo; ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.
El Infinito
Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.
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Retiro, Ciudad de Buenos Aires

In May 2024, I visited the Museo de la Inmigración located near the Retiro area and managed by MUNTREF https://www.instagram.com/muntref/(Museo de la Universidad National de Tres de Febrero), in what was once the Hotel de Inmigrantes, inaugurated in 1911.
The hotel was created as part of a state policy to organize the reception of the large number of immigrants who arrived in Argentina at the end of the 19th century and the beginning of the 20th.

The museum has digitized historical files where it is possible to consult ship records along with the names of passengers who arrived in Argentina at that time.
Before the Hotel de Inmigrantes existed, people arriving in Argentina did so directly at the port docks. There was no centralized reception system, and conditions were precarious and disorganized.

On the upper floors of the Museo de la Inmigración, after climbing a few steps worn down by thousands of people, you will find the Centro de Arte Contemporáneo (*). It is a lively space, where photographs, videos with testimonials, documents, and various art exhibitions coexist. Among them, Entre los tiempos (**), a series of vitraux created by artist Felipe “Yuyo” Noé, caught my attention with its colorfulness

There is also a recreation of the kitchen and one of the bedrooms where immigrants spent up to five days until they found a place to live. The photographs of those men and women, alone or with their families, show tired faces, some dejected, others full of hope, always accompanied by worn suitcases. These images are moving and did not leave me indifferent.




I realized that more than a year had passed since that visit, and every time I tried to write about the museum, I found it impossible. This was probably due to the emotions and thoughts that came over me while I was visiting the place and stayed with me throughout this time.

As I walked through the museum, one question kept running through my head: What did migration mean for all those people?
And in my case, what must my grandfather Giuseppe Tullio have felt when he arrived in Argentina in 1909 from Recanati, Italy? What must his journey from Genoa to Buenos Aires aboard the Ravenna in third class have been like? What reasons led him to settle in Rojas in the province of Buenos Aires? How must he have felt when he arrived and ceased to be Giuseppe and became José?

What dreams did he have as a child? Although, to tell the truth, he was still a child when he set sail for Argentina at the age of just 16. Was that journey his own decision or a forced departure due to the harsh circumstances in Europe? What did he pack in his suitcase? Did he leave behind a love in Recanati, a promise to return, or perhaps a reunion? Did he imagine that he would never return to Italy and that his farewell to his parents and siblings would be forever? Did they exchange letters? Did he cry silently, on some night aboard the ship, not yet knowing that in that distant country he would meet Zulema, his wife, with whom he would have eight children, the youngest being my father? Did he know Giacomo Leopardi’s (***) poem “The Infinite” and did it accompany him as he crossed the Atlantic thinking of Recanati?
All questions that have no answers.



Talking about migration is something that touches me deeply. Perhaps because more than a hundred years after my grandpa’s journey, the one that made it possible for me to exist 🙂 I also migrated.
In my case, I went to the United States under completely different circumstances: I wasn’t fleeing war or hunger. I met a man from another place with whom I now share my life, and it was a shared decision, chosen, accompanied by support networks, with forms of communication that shorten distances and, above all, by something I am very grateful for: the possibility of going and coming back.
Even so, especially at first, it wasn’t easy. Learning new customs, adapting to another language, making new friends, missing my daughters, my friends, dulce de leche, shared mate, “sanguches de miga” (sandwiches) among so many other things. And when I think about all that, I wonder: what must it have been like for him?

There are many questions and few answers. But I do know that there is something that connects me to my grandpa beyond time and barely knowing him: that impulse to move, to look for something more, to imagine a different life. That on my journey he is present, paving the way for me, reminding me that it is possible to live in another land, put down new roots, and keep dreaming. Thank you, thank you so much.
L’infinito
Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quiete
io nel pensier mi fingo; ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.






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